BIENESTAR EMOCIONAL

SENTIRSE BIEN POR DENTRO Y POR FUERA

                La nutrición tiene un rol fundamental en nuestro bienestar, tanto físico como emocional, es por ello que le dedicaremos tiempo y espacio a su enseñanza. Para comenzar, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la nutrición es “la ingesta de alimentos en relación con las necesidades dietéticas del organismo”. Nutrirnos de forma sana implica tener hábitos alimenticios que se adapten a nuestro organismo, no existe una dieta universal predeterminada, somos tan únicos como nuestras necesidades alimenticias. En este caso, no solo es indispensable la elección de una dieta adecuada con la asesoría de un nutricionista, también la forma de preparar y consumir los alimentos.

                 Cabe destacar que existe un estrecho vínculo entre las emociones y la nutrición, a ese vínculo se le denomina “Nutrición emocional”, la cual consiste en todos aquellos afectos que recibimos desde la infancia, estos pueden ser modificados por la inestabilidad emocional y viceversa. Por ende, la alimentación emocional incide en la alimentación física. Según Isabel Menéndez, psicóloga, psicoanalista y escritora del libro “Alimentación emocional”, la nutrición en muchas ocasiones se convierte en el medio para drenar algún estado emocional.

               “Nuestra vida afectiva se expresa también en el modo en que tratamos los alimentos. El acto de alimentarse está íntimamente ligado, desde los primeros momentos de la vida, a la construcción de las emociones. Casi todos los conflictos de nuestro mundo interno tienen un reflejo en el modo en que nos alimentamos. Podemos intentar compensar, con excesos o defectos de la comida, un vacío insoportable, más ligado a necesidades psíquicas que biológicas”, indicó Menéndez.

                 La salud desequilibrada a nivel emocional puede generar diversos conflictos y graves alteraciones con la comida, tales como la obesidad, patologías como la anorexia, bulimia y trastornos por atracón, como expresa la psicóloga Isabel, “cuando el espíritu se silencia, el cuerpo habla; cuando nuestra boca no pronuncia lo que sentimos, traga para aliviar la tensión emocional”.

                Cuando aparecen las luchas internas con la comida, un gran paso es conocerse, hacer una introspección y reflexionar sobre el estado de ánimo que causa ese atracón, hambre o inapetencia. Este es un “modo de exteriorizar emociones que no pueden ser reconocidas o afectos que, desde nuestro inconsciente, intentan manifestarse”, expresó la psicóloga. Cabe preguntarse ¿cuáles son los deseos, decepciones, ambiciones o fantasías que causan ese comportamiento? Es necesario descubrir el origen de todo, en muchos casos, se falla y pierde el tiempo al intentar seguir estrictamente una dieta, cuando en realidad, el foco principal es la resolución de los conflictos emocionales. Es aquí cuando el cuerpo y la mente se complementan.

                  En la actualidad, gran parte de la industria de medios invita a consumir alimentos para lograr la estética “adecuada” con el objetivo de alcanzar un modelo de cuerpo y belleza pre-establecido, en lugar de consumir alimentos para lograr la correcta nutrición y sentirse bien con uno mismo. La alimentación no debe responder a un ideal de belleza, debe priorizar los diversos requerimientos del organismo, cuando la persona se alimenta de forma sana y se siente feliz con eso a nivel físico y emocional, la meta estética se logra como consecuencia de ello, porque para verse bien hay que sentirse bien.

                  No solo lo que comemos afecta cómo nos sentimos, a su vez, el cómo nos sentimos afecta nuestra manera de comer, es por ello que existe una rama de la psicología llamada Psicología de la Nutrición la cual se dedica a estudiar la forma en que nos alimentamos y cómo nos sentimos con la comida. De necesitarlo, es importante pedir ayuda, acudir a un especialista que nos oriente para mantener una nutrición y hábitos alimenticios sanos y acordes con nuestro organismo, que nos enseñe qué es lo mejor para nosotros.

                  Los psicólogos tienen las respuestas a muchas de las preguntas que nos hacemos y no logramos responder por nosotros mismos. Sentirse bien consigo mismo por dentro inevitablemente se refleja por fuera, pero esto implica estar satisfecho emocional y físicamente, tener un equilibrio entre lo que queremos y conseguimos, amarse, reconocer y aceptarse.

¿COMER PARA VIVIR O VIVIR PARA COMER?

                 La frase “hay que comer para vivir, no vivir para comer” se le atribuye al escritor, orador y político romano, Cicerón. Lo que indica que desde hace siglos existe el conflicto del hambre emocional vs el hambre fisiológico. Lo ideal es tener el deseo de comer porque tenemos hambre, pero no siempre es así.

                 El deseo de comer puede estar influenciado por otros factores de nivel emocional, esto ocurre cuando se utiliza la acción de comer como método para canalizar un sentimiento, emoción, frustración o ansiedad, de alguna manera, pensamos que estamos hambrientos cuando en realidad no es así. “La comida puede convertirse en un alivio temporal a un problema, sentimiento o emoción mucho más profundo”. Esto sucede cuando luego de probar una comida específica el cerebro produce sustancias como la dopamina, que genera placer, de tal modo, cuando sea posible el cerebro motivará a consumir ese alimento que tanto placer produce y que identifica como una “recompensa poderosa”.

                 ¿Cómo identificar cuando se tiene hambre fisiológico o hambre emocional? El primero se caracteriza porque se manifiesta gradualmente, puede esperar, está abierto a  varias opciones de comida, es suficiente con estar satisfecho y al final, el consumo no genera sentimientos negativos. Por el contrario, el hambre emocional se caracteriza porque se manifiesta de forma repentina y urgente,  su deseo se enfoca en comidas específicas, no basta con sentir plenitud, los límites son más amplios y al final, el consumo genera vergüenza, culpa o tristeza.

                  La problemática se fortalece cuando el cerebro asocia un alimento con un sentimiento negativo, acción que incluso se puede ver en series y películas, como cuando la chica se siente triste y come helado o cuando un chico está estresado o ansioso y come galletas o come de forma excesiva y sin control. Cuando esta acción se vuelve repetitiva y cotidiana, el comer emocionalmente se convierte en un hábito, un mal hábito. Este hábito se origina por un estímulo, que en este caso es una sensación negativa, hábito que puede desencadenar obesidad o algún trastorno de comportamiento alimentario (TCA).

                  Reconocer que es lo que te motiva a comer de forma emocional y luego sustituir ese estímulo por otra rutina que tenga como resultado la misma recompensa, pero que sea saludable, es el primer paso para enfrentar el hambre emocional y el “vivir para comer”. En su lugar, hay que fomentar el hábito de comer solo lo necesario, sin excederse porque los excesos de un lado u otro no son positivos.

                   Identificar cuáles son los requerimientos de nuestro organismo a nivel alimenticio es un trabajo en el que nos puede apoyar un especialista en el área, como un nutricionista. De tal forma, comeremos lo justo y necesario, y así seguiremos la rutina ideal “comer para vivir”, como necesidad biológica, no como un refugio emocional.

                    La mente y actitud son determinantes en este proceso, crear o deshacer un hábito no es sencillo, pero mantener la moderación y pensamientos positivos colaboran para tener buenos resultados. Como dice el deportista y bloguero Pedro García, “los pensamientos crean actitudes y las actitudes crean hábitos”. Hay que implementar actitudes positivas para crear hábitos positivos.

                     Es importante aclarar que cuando se tiene un “antojo”, no es igual a comer por estímulo emocional, ya que el antojo tiene un límite impuesto por la saciedad, es decir, existe cierto control. Además,  no es una conducta cotidiana como el hambre emocional.

                     Existen claves que pueden ayudar a mejorar la relación con la comida y el hábito alimenticio:

  1. Exteriorízalo: puedes comenzar reconociendo y escribiendo el hábito que deseas cambiar. Expresa lo que sientes.
  2. Identifica cuál es el estímulo que te impulsa a comer emocionalmente.
  3. Continúa: Si sientes el impulso, haz un conteo de 5 minutos durante los cuales busques distraerte con otras actividades productivas y que te generen placer. Al terminar el tiempo, pregúntate si todavía sientes ese deseo compulsivo, de ser así, sigue con los siguientes tips.
  4. Búsqueda: experimenta diferentes actividades que te permitan sustituir ese hábito negativo, pero que te ayuden a distraer la mente y a la vez, tener la misma recompensa y satisfacción, pero por una vía saludable.
  5. Pide ayuda, háblalo con algún especialista y psicólogo, de esta manera se te facilitará identificar el por qué tienes ese impulso de comer compulsivamente. Reflexiónalo con detenimiento, es mejor detectarlo con tiempo para tratarlo adecuadamente.

                

LA NEUROCIENCIA EN LA ALIMENTACION

                 La acción propia de alimentarnos es un proceso innato en el hombre y de mucha antigüedad, pero a medida que la ciencia avanza comienza a estudiar aspectos que no son tan evidentes en nuestra cotidianidad ni de conocimiento para toda la sociedad. Una buena alimentación trae beneficios directos en la salud mental y física, de hecho, estudios recientes indican que una nutrición bajo ciertos criterios puede tener un impacto positivo a  nivel psicológico, desde la ansiedad, estrés y concentración, hasta la creatividad, memoria y las relaciones interpersonales.

                 Según Federico Fros Campelo, ingeniero industrial, consultor e investigador de los procesos mentales a la hora de consumir, comemos por razones mucho más profundas de las que creemos, que perfectamente quedan a la luz una vez que la ciencia y la tecnología entran en juego para dejar al desnudo lo que pasa con nuestros procesos mentales, (fundamentalmente aquellos de índole emocional).

                 Hablando en términos más científicos, existe una conexión directa entre el cerebro y el tracto gastrointestinal, tanto así que el tracto es el órgano con más terminaciones nerviosas luego del cerebro. Es por ello, que hay una influencia determinante entre los elementos dietéticos y alimenticios y las funciones neuronales y su plasticidad sináptica.  En pocas palabras, la nutrición tiene efecto sobre el funcionamiento cerebral, y por ende, en las emociones.

                  Cabe destacar que el tracto gastrointestinal se encarga de producir una gran concentración de serotonina, mejor conocida como “la hormona de la felicidad”, no es casualidad su impacto a nivel emocional. Es la demostración de la importancia de cuidar lo que comemos porque todo nuestro organismo y los procesos biológicos que conlleva se conectan de alguna manera.

                  Este proceso de alimentación tiene varias fases, inicia incluso antes de comer realmente, se inicia por la sensación de hambre que surge por un estómago vacío, a su vez, esa sensación puede ser fomentada emocionalmente por un recuerdo de una vivencia sensorial, olfativa, visual, y en especial, gustativa previa. Luego de que se envía esta señal de “hambre” mediante el nervio vago, se ingiere el alimento y se producen las hormonas de insulina y el péptido, encargadas del proceso respectivo del metabolismo energético y la memoria. Al finalizar de comer se produce la leptina, conocida como la “hormona de la saciedad”, esto produce, entre otras cosas, que los neurocircuitos del cerebro produzcan nuevos recuerdos y aprendizaje. Esa es una de las razones por la cual es esencial permitir que el proceso de nutrición y alimentación se lleve a cabo normalmente y sin ninguna interrupción ni alteración, además, que la carencia de los nutrientes claves que se encuentran en los alimentos puede ocasionar disfunciones en los neurotransmisores, lo que se traduce a un impacto negativo en el comportamiento, memoria, humor y emociones.

                  Cuando la comida es promovida por un recuerdo esto quiere decir que se asocia a sentimientos placenteros que nutrían el estima, provocaban satisfacción y de alguna forma, autorrealización en el individuo. Si ocurre este vínculo es más sencillo que al momento de querer calmar alguna emoción negativa se acuda a ese alimento específico para intentar recordar esas vivencias felices.

                   La psicóloga y escritora Isabel Menéndez describe en su libro “Alimentación emocional” diversos ejemplos de la relación entre los recuerdos y la comida, como los alimentos que se preparan en la época navideña se asocian a seguridad y protección debido a la cercanía familiar. “La abundancia de comida característica de algunas celebraciones familiares evoca en los adultos recuerdos infantiles y proporciona vivencias de seguridad en los niños”, indica Menéndez.

                   En ese momento el impacto es positivo porque se reúnen tres elementos esenciales: la comida, compañía y amor. Incluso, explica la psicóloga, un alimento puede recordarnos también a una persona especial. “Por ejemplo, solemos recordar los bollos de la abuela porque la ternura y el tesón con los que estaban hechos constituían una muestra de su amor por nosotros”.

                   Aparte de evitar enfermedades crónicas y trastornos, alimentarse adecuadamente nos permite fomentar una buena salud física y emocional, favorece un mejoramiento continuo del sistema nervioso, ayudando a retrasar el envejecimiento cerebral y por último pero igual de importante, contribuye al crecimiento y desarrollo vital de las personas.

INTELIGENCIA EMOCIONAL: CONOCER, CUIDAR Y AMAR(NOS)

                 La inteligencia emocional se desarrolla y construye con esfuerzo, pero ¿qué significa realmente? Según el psicólogo estadounidense Daniel Goleman, quien ha trabajado durante años este concepto, la inteligencia emocional es “una forma de interactuar con el mundo que tiene muy en cuenta los sentimientos, y engloba habilidades tales como el control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía o la agilidad mental. Ellas configuran rasgos de carácter como la autodisciplina, la compasión o el altruismo, que resultan indispensables para una buena y creativa adaptación social”.

Goleman plantea cinco principios básicos de la inteligencia emocional, tales como:

  1. Conocer las propias emociones: para él, el inicio de todo este proceso incluye el conocerse a sí mismo y saber identificar las propias emociones, ya que la persona que no controle sus emociones es más vulnerable a presentar muchos conflictos.
  2. Manejar las emociones: al tener conciencia de las emociones, lo siguiente es saber utilizar tales emociones y sentimientos de manera positiva “filtrándolos y reconduciéndolos por la senda adecuada”.
  3. Motivarse a sí mismo: guiar esas emociones hacia la consecución de las metas planteadas te ayuda a su vez a tener mayor motivación. Las emociones y motivaciones se complementan y están estrechamente vinculadas.
  4. Reconocer las emociones de los demás: la empatía es un paso fundamental en este proceso de desarrollo de la inteligencia emocional, enfocarse en las relaciones con los demás y sintonizar sus necesidades y deseos nos retribuye emocionalmente, somos seres sociales de forma innata.
  5. Establecer relaciones: la interacción social y la competencia es esencial también, para ello es necesario mantener habilidades sociales y la expresión de las opiniones e ideas con respeto.

                Pero, ¿por qué es tan importante conocer la inteligencia emocional y saber construirla? Según la tesis de la Facultad de Medicina de la Universidad de Lleida (UDL), los pacientes con problemas de Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) tienen un rendimiento menor en el análisis de las habilidades emocionales al compararse con personas que no tienen estas patologías. Estos estudios se utilizaron con base en los modelos de Mayer y Salovey, el cual está constituido por cuatro habilidades emocionales: facilitación emocional, percepción y expresión emocional, comprensión emocional y regulación emocional. Estas habilidades se ordenan jerárquicamente para el análisis de los sistemas psicológicos más sencillos hasta los más complejos. Como resultado se comprobó que el déficit emocional influye directamente en patologías como la ansiedad, depresión y TCA. De tal manera, existe una relación determinante entre la mala alimentación y un mal manejo de las emociones, de ahí la importancia de ser inteligentes emocionalmente.

                Y ¿cómo identificar que una persona es inteligente  a nivel emocional? Según el estudio de inteligencia emocional de la Universidad Internacional de Valencia, “una persona inteligente desde el punto de vista emocional es capaz de usar sus emociones y las de las personas que le rodean para crear una línea de pensamiento y de comportamiento que le permitan conseguir sus objetivos y sus proyectos vitales”.

                Al no saber controlar las emociones o no ser inteligente a nivel emocional, esas emociones tienen un impacto negativo que a la vez puede traducirse en inconformidad con el propio cuerpo y una baja autoestima. Cuando esto ocurre, la evolución psíquica se detiene o se dificulta mucho y es cuando aparecen los problemas con la comida, como el hambre voraz o atracón y la inhibición de la ingesta. Como explica la psicóloga y especialista en este tema, Isabel Menéndez, “quizá nos sobren menos kilos de los que creemos, pero nos falten unos gramos de autoestima”.

                Si hay una carencia de autoestima, en ocasiones puede ser necesaria la asesoría con un psicoterapeuta, porque “es más fácil controlar la báscula que el psiquismo”, asegura Menéndez. La asesoría profesional ayudará a encontrar otros elementos afectivos y de valor que fomenten y nutran el universo emocional del individuo.

                 La inteligencia emocional implica entonces conocer más sobre nosotros mismos, nuestras emociones y nuestros hábitos alimenticios, cuidar lo que comemos y el cómo manejamos esas emociones, y en especial, amarnos, amarnos por sobre todas las cosas.