¿COMER PARA VIVIR O VIVIR PARA COMER?

                La frase “hay que comer para vivir, no vivir para comer” se le atribuye al escritor, orador y político romano, Cicerón. Lo que indica que desde hace siglos existe el conflicto del hambre emocional vs el hambre fisiológico. Lo ideal es tener el deseo de comer porque tenemos hambre, pero no siempre es así.

                 El deseo de comer puede estar influenciado por otros factores de nivel emocional, esto ocurre cuando se utiliza la acción de comer como método para canalizar un sentimiento, emoción, frustración o ansiedad, de alguna manera, pensamos que estamos hambrientos cuando en realidad no es así. “La comida puede convertirse en un alivio temporal a un problema, sentimiento o emoción mucho más profundo”. Esto sucede cuando luego de probar una comida específica el cerebro produce sustancias como la dopamina, que genera placer, de tal modo, cuando sea posible el cerebro motivará a consumir ese alimento que tanto placer produce y que identifica como una “recompensa poderosa”.

                 ¿Cómo identificar cuando se tiene hambre fisiológico o hambre emocional? El primero se caracteriza porque se manifiesta gradualmente, puede esperar, está abierto a  varias opciones de comida, es suficiente con estar satisfecho y al final, el consumo no genera sentimientos negativos. Por el contrario, el hambre emocional se caracteriza porque se manifiesta de forma repentina y urgente,  su deseo se enfoca en comidas específicas, no basta con sentir plenitud, los límites son más amplios y al final, el consumo genera vergüenza, culpa o tristeza.

                  La problemática se fortalece cuando el cerebro asocia un alimento con un sentimiento negativo, acción que incluso se puede ver en series y películas, como cuando la chica se siente triste y come helado o cuando un chico está estresado o ansioso y come galletas o come de forma excesiva y sin control. Cuando esta acción se vuelve repetitiva y cotidiana, el comer emocionalmente se convierte en un hábito, un mal hábito. Este hábito se origina por un estímulo, que en este caso es una sensación negativa, hábito que puede desencadenar obesidad o algún trastorno de comportamiento alimentario (TCA).

                  Reconocer que es lo que te motiva a comer de forma emocional y luego sustituir ese estímulo por otra rutina que tenga como resultado la misma recompensa, pero que sea saludable, es el primer paso para enfrentar el hambre emocional y el “vivir para comer”. En su lugar, hay que fomentar el hábito de comer solo lo necesario, sin excederse porque los excesos de un lado u otro no son positivos.

                   Identificar cuáles son los requerimientos de nuestro organismo a nivel alimenticio es un trabajo en el que nos puede apoyar un especialista en el área, como un nutricionista. De tal forma, comeremos lo justo y necesario, y así seguiremos la rutina ideal “comer para vivir”, como necesidad biológica, no como un refugio emocional.

                    La mente y actitud son determinantes en este proceso, crear o deshacer un hábito no es sencillo, pero mantener la moderación y pensamientos positivos colaboran para tener buenos resultados. Como dice el deportista y bloguero Pedro García, “los pensamientos crean actitudes y las actitudes crean hábitos”. Hay que implementar actitudes positivas para crear hábitos positivos.

                     Es importante aclarar que cuando se tiene un “antojo”, no es igual a comer por estímulo emocional, ya que el antojo tiene un límite impuesto por la saciedad, es decir, existe cierto control. Además,  no es una conducta cotidiana como el hambre emocional.

                     Existen claves que pueden ayudar a mejorar la relación con la comida y el hábito alimenticio:

  1. Exteriorízalo: puedes comenzar reconociendo y escribiendo el hábito que deseas cambiar. Expresa lo que sientes.
  2. Identifica cuál es el estímulo que te impulsa a comer emocionalmente.
  3. Continúa: Si sientes el impulso, haz un conteo de 5 minutos durante los cuales busques distraerte con otras actividades productivas y que te generen placer. Al terminar el tiempo, pregúntate si todavía sientes ese deseo compulsivo, de ser así, sigue con los siguientes tips.
  4. Búsqueda: experimenta diferentes actividades que te permitan sustituir ese hábito negativo, pero que te ayuden a distraer la mente y a la vez, tener la misma recompensa y satisfacción, pero por una vía saludable.
  5. Pide ayuda, háblalo con algún especialista y psicólogo, de esta manera se te facilitará identificar el por qué tienes ese impulso de comer compulsivamente. Reflexiónalo con detenimiento, es mejor detectarlo con tiempo para tratarlo adecuadamente.