HISTORIAS

LA CARRERA DE MIRTA

Ante la petición de narrar una etapa de su vida, Mirta cree menester comenzar el relato desde su llegada al mundo algo complicada. Su madre no pudo concluir el embarazo y fue necesario inducir el parto. Hasta los dos años, salvo su periodo de lactancia, no comía nada y tenía un peso por debajo de lo normal.

Luego de un período con sus abuelos maternos, pasó a ser “la gordita de su familia”. La hora de comer se convirtió en una escena de limitaciones y molestias. Y así, desarrollo una relación con la comida que trascendía a la necesidad de subsistencia y el comportamiento normal. La comida era el centro para sentir y manifestar sus emociones: rabia, tristeza, alegría, ansiedad, cualquier sentimiento servía de excusa para comer en abundancia.

Con la etapa de los cambios en el cuerpo, llegó también el cuestionamiento y la inconformidad  con su propio aspecto. Se sentía desagradable, se comparaba con sus amigas. Aguantaba la necesidad de comer para después hallarse en una desesperación comiendo más de lo que podría soportar. La culpa la esperaba en cada sobremesa.

Entre los quince y dieciséis años, todo se volvió más radical. Empezó a hacer dietas, a restringirse alimentos y comidas, a hacer cuanto régimen encontrara bajo las excusas de desintoxicación corporal. Masticaba chicle para liberar la ansiedad de comer y así pasaba días enteros sin comer, mintiéndole a las personas acerca de sus hábitos. Desfalleciendo constantemente.

Todos los días se encontraba en la mañana con el peso con el anhelo de encontrar allí alegrías. Tras alcanzar una meta en el peso se trazaba otra más extrema.

Sus padres se convirtieron enemigos. De ser la niña callada, inteligente y bien portada, pasó a rebelarse en todo lo que podía. Sus padres le criticaban su apariencia, le exigían demasiado. Al verse en el espejo, hallaba un cuerpo desfigurado en su reflejo. Su valor personal lo basaba en su inteligencia pero las exigencias pesaban de manera abrumadora, y,  para sus ojos, solo encontraría la perfección en la delgadez.

Sus padres, intelectuales doctores del ámbito de la salud, le inculcaron una constante búsqueda por la excelencia. Su madre luchaba con la depresión y recaían sobre Mirta la responsabilidades de velar por su madre y sus hermanos, aún cuando no podía ni velar propiamente por su bienestar.

Mirta no sabía si quería engordar o adelgazar. Solo quería verse en el espejo y sentirse a gusto con la imagen que le veía de vuelta. No se gustaba, se veía al espejo y quería no verse más o, a veces, simplemente no podía hacerlo.

Las respuestas a los cuestionamientos que circundaban su cabeza no estaban al alcance de sus posibilidades. Sano es llegar al punto en el que el simple anhelo de bienestar represente un paso hacia la recuperación.

Aprender a quererse es un proceso de aprendizaje como cualquier otro. Y para Mirna, el proceso requería apoyo, ayuda profesional y un entorno favorable. Las dudas pueden volverse nocivas cuando la búsqueda de respuestas se hace abrumadora. Con la orientación adecuada mujeres como Mirna pueden llegar a encontrar no solo las resoluciones que anhela, sino el verdadero aprecio hacia la persona que es, y la construcción de su valor propio más allá de la apariencia y las circunstancias perecederas.

Si te encuentras en una situación similar a la de Mirta, o conoces a alguien que podría estarlo. Contacta a la Fundación Ayúdate y busca la ayuda adecuada para el caso.

 

 

ADOLESCENCIA ANORÉXICA DE MARIANNE

Marianne, vivió una adolescencia diferente a la de las demás chicas. Tenía otro tipo de preocupaciones, de objetivos, de pensamientos y emociones. Mientras las personas que estaban en su círculo de amistades o que simplemente formaban parte de su vida se preocupaban por el día a día  (salir con amigas o tener citas); Marianne se consternaba por adelgazar, por ser “socialmente aceptada”, ya que consideraba y creía firmemente que su cuerpo era desagradable, y que así solo obtendría rechazo.

Para perder peso, comenzó a regular su alimentación. Observaba en los empaques cuántas calorías contenía- lo que consumía para controlar sus hábitos y dejó de comer carbohidratos; ella comenzó a notar poco a poco la diferencia física, esto la motivó tanto que continuó eliminando alimentos y disminuyendo su cantidad.

Marianne cada vez estaba más delgada, esto la hacía sentir orgullosa porque la dieta que ella misma estaba colocándose le “funcionaba”. No obstante, la pérdida de peso de la chica preocupaba sobre manera a su madre, quién creía que obligándola a comer, o colocándole un plato de comida en frente ayudaría la situación, pero no. Marianne, más que un problema alimenticio, padecía un conflicto emocional, pues ella no solo adelgazó muchísimo, sino que se aisló –poco a poco- de su propia vida. Evitó salir con sus amigos para, a su vez, evitar comentarios; evitó salir con chicos por la misma razón. Comenzó a ensimismarse, a cambiar su actitud y comportamiento. A pesar de que ella seguía dispuesta a escuchar los problemas de sus amigas, no salía con ellas. No quería sentirse menos, no quería tener que comer en los lugares donde salgan para no generar sospechas o comentarios incómodos.

Hacerla comer más no haría que Marianne solucionara sus problemas. Los incorrectos hábitos de consumo no son la causa, son la consecuencia a todos los problemas emocionales que ella tenía.

Cada vez comía menos. Cada día se encontraba más sola. Su único aliado era la báscula que, cada día, le daba la “buena noticia” de que perdió gramos/kilo gramos. Sin embargo, una parte de ella sabía que algo andaba mal, como si su mente y su cuerpo fueran independientes una de la otra. Por las noches se miraba al espejo y notaba su extrema flaqueza, pero luego recordaba todo el esfuerzo físico y mental que había hecho para lograr adelgazar y la preocupación se desvanecía momentáneamente.

Para ella, estar flaca era sinónimo de aceptación y seguridad en sí misma. Incluso, una de sus motivaciones para seguir adelgazando era invitar al chico que le atraía a un baile; no obstante, este la rechazó dando como excusa que iría con unos amigos. Luego Marianne se enteró que dos días después, él invitó a otra chica. Esto la afectó mucho. Sentía que a pesar de sus esfuerzos, ella seguía siendo menos. No necesitaba que nadie la aceptase, lo que realmente necesitaba era que ella misma lo hiciese.

Su madre, al ser la única persona en su familia quién realmente demostraba su preocupación por el cambio físico y psicológico de su hija, se convirtió en una especie de “obstáculo” para lograr sus objetivos. Discutía con ella, la insultaba mentalmente, se gritaban ambas, porque ninguna entendía a la otra. Sabían que algo andaba mal, pero no sabían el porqué, o por lo menos cómo abordarlo.

Marianne dejó de comer prácticamente, pensaba en las distintas formas de botar u ocultar la comida para no seguir afligiendo a su madre. Lechuga era prácticamente todo lo que consumía. Su cuerpo pedía a gritos ayuda: su estómago sonaba, sus piernas se desvanecían, se mareaba, sentía que su resistencia física disminuía, sus ojeras se hacían más notorias, su periodo despareció y su cuerpo cada vez estaba más esquelético. Pero luego, venía el contrincante más fuerte: su mente, quién omitía y reprimía todo lo que su cuerpo exigía (comida).

Ella comenzó a entrar en una diatriba, se preguntaba: “¿qué debía hacer?” “¿cómo elimino las pesadillas sobre mi enfermedad?” “¿qué hago para que mi madre deje de insistirme y preocuparse?” “¿cómo hago para volver a sentirme bien pero  seguir siendo delgada y bonita?” miles de pensamientos inundaban su mente, pero ella misma no encontraba darle respuesta a ninguna de sus interrogantes.

Marianne no podía sola consigo misma, ni con los problemas que poseía. Necesitaba ayuda, pero no solo ayuda médica con respecto a su cuerpo, sino ayuda emocional. Necesitaba volver a quererse, a aceptarse, a complacerse, a dejar de juzgarse, pero ¿cómo?.  

La anorexia es una condición que en la actualidad muchas adolescentes padecen, pero debido al miedo, es una batalla que luchan solas. Al vencer el temor, una nueva puerta se abre, y por ende, una nueva posibilidad existirá. La comunicación, la confianza, el cariño y el apoyo, son los componentes ideales para un resultado beneficioso.  Hay que escuchar a nuestros familiares y seres queridos a pesar de que puedan ser una especie de “estorbo” sus comentarios por la manera en cómo los expresan; solo quieren ayudar. Lo importante es buscar la forma, aprender a escucharse, a entenderse y a abordar la situación objetivamente. Que el cambio se refleje corporalmente no significa que el alma no sufra.

La anorexia es una condición que debe tratarse con paciencia y dedicación. Si bien es un proceso largo y arduo, no es imposible salir de allí. Por el contrario, si se está rodeado de gente que te quiere ayudar, y le dan a la persona con la condición motivación y apoyo necesario, junto con una terapia y ayuda médica y psicológica, se logrará encontrar un equilibrio con lo que se quiere y se puede tener.