LA NEUROCIENCIA EN LA ALIMENTACIÓN

                La acción propia de alimentarnos es un proceso innato en el hombre y de mucha antigüedad, pero a medida que la ciencia avanza comienza a estudiar aspectos que no son tan evidentes en nuestra cotidianidad ni de conocimiento para toda la sociedad. Una buena alimentación trae beneficios directos en la salud mental y física, de hecho, estudios recientes indican que una nutrición bajo ciertos criterios puede tener un impacto positivo a  nivel psicológico, desde la ansiedad, estrés y concentración, hasta la creatividad, memoria y las relaciones interpersonales.

                 Según Federico Fros Campelo, ingeniero industrial, consultor e investigador de los procesos mentales a la hora de consumir, comemos por razones mucho más profundas de las que creemos, que perfectamente quedan a la luz una vez que la ciencia y la tecnología entran en juego para dejar al desnudo lo que pasa con nuestros procesos mentales, (fundamentalmente aquellos de índole emocional).

                 Hablando en términos más científicos, existe una conexión directa entre el cerebro y el tracto gastrointestinal, tanto así que el tracto es el órgano con más terminaciones nerviosas luego del cerebro. Es por ello, que hay una influencia determinante entre los elementos dietéticos y alimenticios y las funciones neuronales y su plasticidad sináptica.  En pocas palabras, la nutrición tiene efecto sobre el funcionamiento cerebral, y por ende, en las emociones.

                  Cabe destacar que el tracto gastrointestinal se encarga de producir una gran concentración de serotonina, mejor conocida como “la hormona de la felicidad”, no es casualidad su impacto a nivel emocional. Es la demostración de la importancia de cuidar lo que comemos porque todo nuestro organismo y los procesos biológicos que conlleva se conectan de alguna manera.

                  Este proceso de alimentación tiene varias fases, inicia incluso antes de comer realmente, se inicia por la sensación de hambre que surge por un estómago vacío, a su vez, esa sensación puede ser fomentada emocionalmente por un recuerdo de una vivencia sensorial, olfativa, visual, y en especial, gustativa previa. Luego de que se envía esta señal de “hambre” mediante el nervio vago, se ingiere el alimento y se producen las hormonas de insulina y el péptido, encargadas del proceso respectivo del metabolismo energético y la memoria. Al finalizar de comer se produce la leptina, conocida como la “hormona de la saciedad”, esto produce, entre otras cosas, que los neurocircuitos del cerebro produzcan nuevos recuerdos y aprendizaje. Esa es una de las razones por la cual es esencial permitir que el proceso de nutrición y alimentación se lleve a cabo normalmente y sin ninguna interrupción ni alteración, además, que la carencia de los nutrientes claves que se encuentran en los alimentos puede ocasionar disfunciones en los neurotransmisores, lo que se traduce a un impacto negativo en el comportamiento, memoria, humor y emociones.

                  Cuando la comida es promovida por un recuerdo esto quiere decir que se asocia a sentimientos placenteros que nutrían el estima, provocaban satisfacción y de alguna forma, autorrealización en el individuo. Si ocurre este vínculo es más sencillo que al momento de querer calmar alguna emoción negativa se acuda a ese alimento específico para intentar recordar esas vivencias felices.

                   La psicóloga y escritora Isabel Menéndez describe en su libro “Alimentación emocional” diversos ejemplos de la relación entre los recuerdos y la comida, como los alimentos que se preparan en la época navideña se asocian a seguridad y protección debido a la cercanía familiar. “La abundancia de comida característica de algunas celebraciones familiares evoca en los adultos recuerdos infantiles y proporciona vivencias de seguridad en los niños”, indica Menéndez.

                   En ese momento el impacto es positivo porque se reúnen tres elementos esenciales: la comida, compañía y amor. Incluso, explica la psicóloga, un alimento puede recordarnos también a una persona especial. “Por ejemplo, solemos recordar los bollos de la abuela porque la ternura y el tesón con los que estaban hechos constituían una muestra de su amor por nosotros”.

                   Aparte de evitar enfermedades crónicas y trastornos, alimentarse adecuadamente nos permite fomentar una buena salud física y emocional, favorece un mejoramiento continuo del sistema nervioso, ayudando a retrasar el envejecimiento cerebral y por último pero igual de importante, contribuye al crecimiento y desarrollo vital de las personas.